30 de agosto de 2011

Soledad sola.

La música del piano, el ruido del mate sin agua, los auriculares duelen, la tinta impregnándose en las hojas, los suspiros de cansancio solitario.
A veces me gusta jugar a que tengo un Gerónimo en casa.
Un Gerónimo que aprieta botellas en la cocina, que apaga luces, que me hace dar chuchos, que enfría los ambientes, que repele a quien entra y molesta.
Compañero como ninguno, de presencia tácita y besos fríos, que baila salsa y es músico.
Entonces la Soledad se calma, se comprime en persona y se sonríe mientras lo invita a bailar.

25 de julio de 2011

Cultivar Pensamientos

-...las plantas en general no me gustan. Desde que murieron mis pensamientos, no me animo a cultivar nada más.
Martín esperó.
- Los ahogué. No supe cuidarlos. Me los trajo mi mamá un día. Bordó, morados, azules, blancos, amarillos... todos quedaron a mi cuidado. Mi mamá nunca supo explicarme bien como era y bueno, hice lo mejor que pude.
La sintió infinitamente triste.
- ¿No te animarías a empezar de nuevo con otros pensamientos?
- No, es difícil criarlos, y evidentemente yo no estoy lista. A los míos los devoraron. Ay, Martín... pero eran tan lindos, si los hubieras visto...

6 de julio de 2011

El día que me quieras

Él cantaba tangos mientras ella lo miraba con detenimiento.
Los dos acostados como estaban., ambos desnudos, esperando el arrebato.
Gesticulaba y de vez en cuando se reía al tiempo que cantaba.
Ella lo observaba, fascinada por el teatro.
Cuando él finalmente se calló, se recostó mirándola y le sonrió ampliamente.
- ¿Tenés que hacer mucho esfuerzo? - le preguntó ella mientras le rozaba la barba incipiente con la punta de los dedos.
Pretendió no entender la pregunta, le dio la espalda. Pero no pudo evitar volverse y con una sonrisa a media asta:
- Sí, hago un gran esfuerzo.- se rió fuerte, espantando vaya uno a saber qué, y comenzó a besarla desde la nariz.

28 de junio de 2011

Mi cama

Son esas determinaciones que se toman sorbiendo un café, observando por la ventana el Sol invernal...
Decidí dar vuelta mi colchón.
Lo sopesé contemplativa, a centímetros de mi estufa, en un gesto inútil por combatir el frío.
Mi cama.
Entonces pensé en cuanto tiempo no lo rotaba.
Mis sábanas viendo venir la hecatombe, se pegaban a los bordes del colchón, podía sentir cómo lloraban quedamente cuando finalmente podía arrancarlas, pobres... ellas embaladas en su infantilidad egoísta.
Sentí que el colchón pesaba más de lo usual, y el calor remanente de este lado, ese calor impregnado, calor del enamorado, de las pasiones, de las noches frías.
Al fin el colchón cayó sobre la estructura de madera, rendido, produciendo un ruido seco, casi como un lamento.
Me senté.
El colchón fresco.
Amores renovados, puros como han de venir.

12 de junio de 2011

Intitulado: nº 10

Los años que no tenía le acariciaron el cabello.
Ella sentía cómo las arrugas iban acumulándose en sus miradas, sonrisas y cantares.
Cuando observó sus manos las notó demasiado responsables.
Los pies quietos, los hombros cansados, la espalda quebrada.
Ahí supo.
Esa mañana que no supo ser juvenil, que ya ninguna lo iba a ser más.
Hasta los suspiros, avejentados, le rodaban por los pechos caídos y se desplomaban contra el suelo.
Corrió en busca de un espejo.
Se miró los ojos.
Los recuerdos no vividos le pesaban en la melancolía de la mirada.
Los años que no habían sido ya le habían decolorado el pelo.
Los besos no recibidos le habían ajado la piel.
La sonrisa se le derramaba, y los labios temblorosos no quisieron contar más.

20 de mayo de 2011

Intitulado: nº 9

Faltando a la credulidad de mis palabras, voy a publicar un escrito que tengo guardado desde hace un tiempo:

Como si fuera de película, mi sobretodo, el cigarrillo.
Está frío, y es ahora cuando el asesinato sucede.
Envuelto en una música de Piazolla.
Yo paso cerca, el matón me persigue.
Me quiere silenciar.
Me alcanza.
Una piedra, me tropiezo, lo que me trae a la realidad, y me burlo de mi propia imaginación.
Mientras presiono con mis puños dentro de los bolsillos, escucho un ligero sollozo.
Giro mi cabeza hacia el sonido, sugestionado.
Esperé encontrarlos.
Uno suplicando por su vida y el otro relamiéndose, esperando el instante justo.
Volví a mi camino sonriéndome, aunque decepcionado y embelezado por el poder de un domingo lluvioso.
El disparo.
Esta vez no me atreví a girar la cabeza.
Sólo eché a correr, escuchando el ruido de los pasos en los charcos de agua, que seguían muy de cerca los míos.
Esta vez espero no tropezarme.