2 de marzo de 2013

Hijos del divorcio

Se iba a cumplir el tercer ciclo a una semana.
Hacía un mes veníamos considerando la posibilidad implícita e individual de abandonarlo, ya que la ley lo permitía.
La realidad es que mi mujer y yo ya no nos llevábamos muy bien.
Los estudios demostraron que cada 5 años (promedio) una pareja debería reinventarse, abocarse a renovar su amor o abandonarlo por completo.
La ley así se hizo, para evitar la creciente y crítica cantidad de procesos de divorcio.
Si una pareja debe separarse antes del ciclo debe pagar una suma de dinero acorde a la cantidad de años que estuvieran juntos, a no ser el caso de poder demostrar abuso o infidelidad, motivo para el cual debe ir a juicio posterior.
Nosotros no teníamos hijos, pero había otras parejas amigas que sí. Ante esa situación se torna engorroso, ya que aunque la pareja se separara en tiempo y forma, debe, de igual manera, pagar un monto acorde a la cantidad de hijos que tuviera, que van destinados a un fondo propiedad individual de cada niño e incorruptible hasta su mayoría de edad, orfandad, abandono,entre otros, además un impuesto destinado al gobierno y mantenimiento de dicho fondo.
Los niños son instruidos y contenidos en el colegio en el caso de que sus padres cumplieran su ciclo. Llegado el caso, ninguna pareja con hijos podría volver a reunirse sin antes pasar una pesquisa de las causas de cumplimiento de ciclo, evaluación psiquiátrica para padres y una psicológica para los niños a su vez.
En fin... vamos a lo que nos atañía a nosotros, ya que todas esas no eran nuestras circunstancias. Nosotros estábamos atados simplemente al libre azar de nuestro cariño.
A una semana de nuestro cumplimiento de ciclo decidimos, callados, que quizá era hora de dejarnos ir.
Las peleas se tornaban feroces, la indignación por lo trivial era común y la convivencia llanamente insoportable.
La semana pasó y aunque seguíamos conviviendo no renovamos nuestro contrato, mucho menos nuestros votos y/o tercera fiesta.
Llegaron avisos cordiales, recordándonos nuestro cumplimiento de ciclo e invitándonos a renovar nuestra unión civil, que teníamos una semanita más para poder ir hasta el registro y firmar.
Uno lo mandaron a casa, el cual, luego de leer atentamente dejé que se traspapelara; otro a mi dirección de correo y supongo que otro al suyo.
A las dos semanas de aquello, Paula venía poco a casa, a veces no venía a dormir o simplemente llegaba y se iba otra vez.
Ambos sabíamos lo que pasaba, simplemente fue una situación tácita.
Una tarde volví de jugar al fútbol, un domingo, me lavé la cara en la bacha de la cocina y sobre la heladera no había más que un papel con un beso impreso.

4 de enero de 2013

Individualidad ingenua

-¿No sentís el olor?
- No.
-Es medio dulzón.
- ¿Dónde?
- Acá.
- Y bueno, debe ser de afuera, cerrá la ventana.
- Es como a podrido pero no tan fuerte.
- Y cerrá la ventana te digo.
- No, pero...
- Me había olvidado de contarte, para mí que nos están espantando.
- ¿Qué?
-Sí, hace un par de noches sentí un ruido en el techo que me despertó, pensé que era un ladrón o algo, pero no pasó nada. Y anoche lo volví a sentir, nada más que como un quejido, una cosa así, se golpeó la chapa dos veces. Justo da la casualidad que vos tenías guardia.
- ¿No fuiste a ver?
- ¿Para que me espanten? No gracias. Cerrá la ventana te digo, ya me llegó el olor.

8 de octubre de 2012

En la plaza

Contexto: La plaza, desde hace una hora me divido entre verla a una hermana y a la otra que juegan en puntas distintas.
Iara: No, pero vos tenés que decirle a todas las chiquitas que pasen que te den un boleto.
Pasan las chicas.
Iara: Te digo que les tenés que pedir.
Sole: No, te cobro boleto a vos solamente.
Iara: ¡¿POR QUÉ?!
Sole: Ellas tienen abono.
Iara: Ah.
Me miró y subió de nuevo al tobogán, simulando darme un boleto.

6 de octubre de 2012

Conciencia social

Contexto: Visita a mis hermanas, en el living al mediodía, jugamos con los juguetes de Kinder y los papeles que vienen dentro del huevo.

Iara: Vamos a jugar que esto es plata y ustedes son poes.
Sole: ¿Qué somos?
Iara: Poes, gente de la calle, callejeros. Entonces, yo les doy plata.
Sole: ¿Para qué la vamos a usar?
Avril: Para comprarnos cosas, para comprar una casa la vamos a usar.
Iara: Sí, entonces yo les doy plata y ustedes compran una casa. Tomá vos y esto es para vos.
Avril: Gracias, es muy amable.
Iara: Recibí Sole, prestá atención, que no te doy más plata y no te vas a comprar nada.... Listo ya no tenés más plata y seguís poe, eso te pasa por no contestarme.

28 de septiembre de 2012

La princesa y su reinado

Y la pintora se sonríe de oreja a oreja al leer el mensaje y se aleja, dando saltitos, para continuar con su pieza maestra.
La artista está en su obra, concentración sólo interrumpida por su apostolado de ayudar a su familia necesitada.

De Dany

22 de septiembre de 2012

El caballo blanco de San Martín

Contexto: Mis vecinas son: Una madre viuda y tres hijas, una ya casada (hace medio año), la otra se casa esta noche y la tercera vive en la casa materna, ésta última y la madre se preparan para ir a la fiesta:

Hija: Má, ¿podrías cargar los dos juegos de sandalias?
Madre: ¿Cuáles? ¿Las chatitas?
H: No te importa qué sean, te pregunto si podés o no.
M: Es que no te entiendo.
H: ¿Podés cargar las chatitas?
M: ¡Ah! Sí.

19 de septiembre de 2012

Intitulado: Nº 13

Entonces, ¿venís a la noche?... Ah, bueno pero, ¿y eso que tiene que ver?... No, claro, pero... Y sí, supongo que podría, yo decía... Hmm, pero yo pensaba, porque bueno, tengo todo arreglado y... ¡Ah! pero no sabía que... Claro, bueno, entonces que te diviertas, un beso.

-¿Y? ¿Va a venir a verte?
- No.
- Pero si venían tan bien...
-Sí, bueno... A veces pasa.
- Pero, qué... ¿discutieron?
- No, no, para nada... nos llevamos muy bien.
- No entiendo... ¿entonces?
- Entonces nada.
- Pero y ¿por qué no viene?
- Me dice que sale con los amigos, pero sospecho que se ve con otra.
- ¿No le preguntaste?
- No. No me corresponde, ni que fuera novio mío...
- Entonces... ¿por qué salen?
- Y yo que sé... es que me puede tanto...


15 de septiembre de 2012

Boceto de familia 2: El almuerzo

La escena se remite a la cocina, un sábado al mediodía antes de que lleguen el resto de los comensales esperados. Estamos en la cocina, mis abuelos y yo. Mi abuela, amasando los ñoquis. Mi abuelo, sentado en una mesa del costado, mirando hacia la pared, callado, esperando a que se haga la carne para la salsa.

Abuela: Hija, fijate, por favor, si ya está hirviendo el agua de la cacerola plateada.

Abuelo (responde mientras yo, la nieta, me quedo congelada en el medio de la cocina): ¿Cómo va a estar el agua si no has prendido la hornalla?

Abuela (Atónita por la respuesta, se acerca a mi abuelo): Y decime, ¿Cómo no la prendiste vos?

Abuelo: Ah, bueno, es que yo recién me doy cuenta.

Abuela (Me mira, buscando complicidad, niega con la cabeza y comenta por lo bajo mientras vuelve a amasar): ¿Te das cuenta?
 
Al rato, después de charlar conmigo, se acuerda y prende la hornalla (que dicho sea de paso, yo tampoco nunca prendí).

Domingo

Oak Cliff Bra -Edie Brickell

Se refregaba la panza, midiéndola, sopesándola, mientras pensaba que aunque le disgustaba no haría nada para cambiarlo.
Subió los pies al marco de la ventana y se balanceaba en la silla.
Miraba hacia el horizonte, hacia la calle, hacia las ventanas de otro edificio.
Había puesto música, más como un murmullo que otra cosa.
El adormecimiento y la tristeza se iban fundiendo en una misma cosa.
El vecino de enfrente hablaba por celular, se miraron por la ventana unos minutos, hasta que ambos desviaron la mirada. Cortó el teléfono y se alejó.
Una mujer pasaba con su perro.
Una cuantas bicicletas, un par de autos.
Hacía mucho calor y quizás llovería.
Los pies se golpean contra la ventana, la silla se corre, el cuerpo cae. Era todo lo que hacía falta para que despierte del sopor de domingo.


12 de septiembre de 2012

No andaría vendiendo alpargatas

Obnubilado miraba el televisor. A veces me miraba, moviendo los labios y haciendo mímicas.
A veces se arrimaba un poquito con besos interrumpidos.
El aire que entraba y salía.
En algún momento mis ojos se abrieron y oyendo lo que debería haber oído desde un principio, simplemente te deseaba desde la lejanía.
Allá perdido, desde acá abajo te miraba.
La sonrisa que poco te conocí.

Deep Purple - Love don't mean a thing

(Si en algo concordamos es en que son letras de rock & roll, pero si yo tuviera esa voz...)

8 de septiembre de 2012

F.P.

- A la una lo llevaron. Asique todos fuimos a esa hora. Ella va a cargar con la culpa, va a quedar en su conciencia (si es que tiene una). Todos coinciden que fue por eso y todo el lío judicial... me dieron lástima los pendejos, no sabés... de esta estatura... Justo cuando yo llegué, llegaba la madre... fue terrible. Ella no tenía señal, entonces se enteró por vecinos que fueron y le avisaron, pero te imaginas hasta que recibió la noticia y pudo bajar desde allá... seguro se le hizo eterno. Terrible... vos lo veías y parecía dormido, casi esperaba que se despierte.

4 de septiembre de 2012

Mi idilio con la manga del saco de Gabriel García Márquez

Ana Gloria Moya es nacida en Tucumán y radicada en Salta. Ejerció su profesión en el poder judicial de en Salta. Su obra más importante es la novela "Cielo de tambores", producida y publicada en Salta. Ganó el galardón internacional Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2002. Se trata de una novela histórica basaga en la vida del Dr. Manuel Belgrano con dos personajes marginales de la sociedad.
Algunos libros:
  • Sangre tan caliente y otras pasiones (1997)
  • La desmemoria (1999) Salta: Ediciones del Robledal
  • Cielo de tambores (2002)- tr. Nick Hill, Sky of Drums, Curbstone Press 
Tuve la suerte de toparme con este cuento hace varios años, que mantiene viva la imagen de "Gabo" y hace olvidar las inclemencias de la edad ( y, que además tiene guiños fantásticos), a saber: 

Aquella mañana ningún sexto ni séptimo sentido me alertó de lo que viviría. Juro que ni siquiera lo presentí. Sabía que él deambularía por allí. Sabía también que moriría de congoja si no lo divisaba al menos desde lejos. Atisbar su nariz curvada, su pelo ondulado. Sólo eso me haría tocar el cielo, que para mí está muy cerca de él. Pero hasta ahí llegaba mi fantasía: observarlo a la distancia. Ver pasar su figura, mi adoración. Con eso me conformaba. No me animaba a soñar más. Aprendí ya del peligro de los sueños desbocados, de los amores contrariados, de las pasiones que quebrantan. Me conformo con poco y así los dolores se atenúan y la vida no duele tanto.
Desde mi solitaria adolescencia atravesada, como todas, por angustias y recelos, sus perros azules y su bello ahogado fueron para mí amparo y regazo. Certidumbre de saber que tenía quién me escribiera.
Mientras desayunaba en el cuarto de mi hotel, próximo a la Feria del Libro de Guadalajara, leí en el programa de aquel día que, en la Sala Juan Rulfo, Gabriel García Márquez acompañaría en la mesa a Carlos Fuentes. Miré mi reloj, faltaba una hora. El pecho amenazó detonarme de júbilo. Me inquieté. Hacía ya tiempo que mi corazón vivía sin sobresaltos. Pero de repente ya no me alcanzaba atisbarlo. Bajé la guardia y decidí que por ese sólo día no esquivaría la esperanza. Haría un espacio a la ilusión, daría la espalda a la realidad. Sólo por ese día, no fuera cosa que el delirio pretendiera manejarme como antes, cuando soñaba con desenfreno y vivía con intensidad. Resolví que quería entrar al lugar y sentarme a contemplarlo, sólo eso, todo eso.
Presa de un frenesí inadecuado comencé a revolver entre la ropa que había llevado, descabelladamente, en mi valija. Nada servía para mis propósitos. Lo inapropiado imperaba en mi ajuar. Desde “un saquito por si refresca” hasta un vestido clásico negro “para cualquier ocasión”, resabios grabados a fuego de consejos maternos que advertían admonitorios de la imperiosa necesidad de tener siempre lista la “ropa interior para ir al médico”, jamás para el goce de los cuerpos. Con el saquito bien podría limpiarme los zapatos ya que el calor de la Feria lo convertiría en un instrumento de tortura. Al vestido clásico negro podría donarlo a una novicia que de seguro lo descartaría por austero… Desolada me senté en la cama: ahí estaba el resultado de años de esquivar las emociones. Vestuario inútil para la seducción. Y como si no fuera suficiente para el desaliento, debía lidiar con mi figura, que me jugaba diabólicas pasadas de un tiempo a esta parte.
Mi cuerpo había cobrado vida propia: desobedeciendo las dietas, se ensanchaba en sitios impensados, se curvaba en lugares inesperados y, con terror, descubría cada vez con más frecuencia la figura de mi madre en el espejo. Me incorporé de un salto: ninguna desalmada abuela reencarnada en aquellas prendas ridículas iba a desmantelar mis planes. Volví a la carga y con mirada menos exigente pasé revista a mis trapos. Había llevado un poco de todo: prendas viejas, nuevas y prestadas por amigas piadosas. “Algo nuevo, algo usado, algo azul y algo prestado”, canturreé mientras me enfundaba en mi viejo jean y me abrochaba una camisa que me acompañaba desde varias primaveras. Negra, por supuesto. Me calcé unas botas negras de gamuza de taco muy alto, contribución de mi hija – “por favor, llevate algo decente”-, que me otorgaron cierta esbeltez y poco equilibrio; me pinté bastante más de lo habitual; perfumé desde mi cuello hasta la cartera, y con paso lento por las botas, pero no seguro, por la misma razón, abandoné la habitación.
Con fingida calma me dirigí al lugar. “Por si acaso, lo intento…”, rumié aterrada, escudada en ese débil “quizás”, para no naufragar en el desengaño. Si corría – no lo veía probable con aquellos tacos -, si robaba un lugar en la fila, si me volvía invisible para la multitud que de seguro aguardaba en la puerta, podría ver en persona al mismo cielo.
Me escurrí invisible entre la muchedumbre, avancé casi en cuclillas, vislumbré el milagro de una silla vacía en la primera fila y, sin pudor, me deslicé triunfal sobre ella. Las voces se acallaron y, en medio de un silencio reverente, subieron al escenario los ilustres. Entre ellos, él. Envuelto en olor a guayabas. Mi amor sin demonios.
Las luces se apagaron. Si bien ya estaba advertida por el programa de la Feria que Gabriel García Márquez sólo acompañaría en la mesa a Carlos Fuentes, me inundó una enorme decepción. “No voy a escucharlo, no voy a escucharlo”, me escandalicé. Luego me reté con furia por no disfrutar aquel regalo. Suspiré resignada y me dediqué con desenfreno a recorrer su figura, escudriñar su mirada, aprenderme de memoria su sonrisa. Que nadie me pregunte nunca qué se dijo en aquel importante evento.
Al concluir la conferencia, mi amado de alas enormes bajó del escenario entre aplausos y apretujones. Lo aguardaba una marea de admiradores que lo empujaban de un lado a otro, haciéndolo tambalear. Rendido por tanta devoción, buscó seguridad en la silla más próxima: la que estaba exactamente al lado de la mía… Blacamán me había regalado ese milagro y no me importaba el costo. Ahí estaba yo, atónita y temblorosa, a su costado derecho, unos pocos centímetros atrás. Ambos sentados en la primera fila. Silla contra silla. La de él y la mía. Él y yo. Y sin advertencias, como suceden las cosas primordiales, viví un efímero romance con la manga del saco de Gabriel García Márquez. Con Gabriel García Márquez adentro del saco.
Náufraga muda, con mi coraje a medias y mi vergüenza desorbitada, imposibilitada de alzarme de mi asiento para acoplarme a los valientes que lo palmeaban, abrazaban y besaban. Paralizada, incompetente para requerirle, como el resto del mundo, un autógrafo, una dedicatoria, una foto. Ni siquiera me movía de aquella silla azul trabada a la de él. Simplemente flotaba sobre mi asiento mientras mis ojos enfocaban la manga de su saco, a escasos centímetros de mi mano, como el único territorio posible.
Claro que soñé encontrarlo. Muchas veces. Imaginé pasillos de alfombras rojas en los que nos cruzábamos y yo festiva y ocurrente, entre tintineos de pulseras, lo besaba resuelta y le decía:
-          Maestro, ¡qué placer!
Pero así, manga a ojo, trama verde y negra jaspeada a yema de dedo, acariciando la textura de la tela de su saco, nunca deliré.
Mientras yo permanecía en patético trance, él sonreía paciente y firmaba los libros que la raza de valientes admiradores, a la que yo definitivamente no pertenecía, le acercaba con descaro e irreverencia. Con una sonrisa estúpida, a la derecha de su manga derecha, con mi dedo índice yo continuaba acariciando con unción la tela jaspeada, eternizando el instante, ya vencida por las evidencias de que era una cobarde. Admitiendo que nunca sería festiva ni ocurrente. Y que nunca tuve pulseras tintineantes.
¿Dónde había quedado la que años atrás bajaron de decenas de escenarios de festivales musicales, la que fue vergüenza de sus hijos en múltiples recitales donde el frenesí me empujaba sin pensar en el ridículo?
Sobre mi parálisis sobrevolaban mariposas amarillas y nunca me sentí tan poca cosa. Sólo mi dedo se movía con leves brincos, cada vez que tropezaba con un nudo diminuto del tejido de su saco. De la manga derecha de su saco, de la que me había hecho propietaria a fuerza de tantos frotes. Desfallecida de dicha, era ya una hebra más de aquél género sobre el que mi dedo delineaba praderas verdes y oscuras.
Cerré los ojos por un instante, mientras me hundía en aquellos pastos bicolores. Él y yo caminábamos de la mano. Éramos Remedios la bella y Mauricio Babilonia temblando de cercanía, en una verde pradera salpicada de guijarros negros. Nuestros pasos se adaptaban armoniosos, avanzando sobre la grava montuna de su manga, que atenuaba nuestra marcha, mientras me susurraba al oído que cabe todo abril en una rosa.
Los murmullos del mundo y sus hojarascas me expulsaron de mi paraíso. Abrí los ojos. Resignada recuperé mi movilidad y con desconsuelo ordené a mi mano que ordenara a mi dedo que basta de caricias. El paño, sin dudas, se había adelgazado a fuerza de tocarlo. Intentaría, con una hilacha de audacia, ponerme de pie, darle la mano, mirar de frente su rostro afectuoso al que comencé a reverenciar desde mis cientos de soledades. Si no lo hacía, si no me atrevía a perder mi invisibilidad, no existiría para mí una segunda oportunidad sobre la tierra.
Dominando mi cobardía, comencé a levantarme lentamente de mi silla, encandilada por los flashes que no cesaban. Pero su asiento enganchado en el mío, ya sin mi peso, hizo que él se tambaleara. Entonces giró su cabeza hacia mí y sus ojos me sonrieron:
-          No te vayas, que me caigo – me dijo.
Fulminada por su pedido, me desplomé sobre la silla. Y por un instante me sentí ama absoluta de su universo. Sin mí él se caía. Yo lo sentía con mi cuerpo, era la dueña del equilibrio de Gabriel García Márquez. Y permanecí inmóvil en mi silla, con mis pies torturados por las botas de gamuza de taco muy alto y mi tonta sonrisa que ya acalambraba mis mejillas. No osaba siquiera respirar, no fuera que hiciera tambalear al maestro. No fuera que el mágico paseo por la pradera de su manga se borrara de mi memoria y sus laberintos con un mínimo balanceo. Los sueños son una gasa tan frágil que el impredecible roce de la realidad los hace desaparecer. Si lograba que la yema de mi dedo grabara para siempre esa textura, habría alcanzado la eternidad sin funerales.
Dos hombres de seguridad se aproximaron decididos y ceñudos a salvarlo de los excesos de la idolatría. Entre brazos extendidos y llenos de fervor que el imploraban unos minutos más, lo ayudaron a incorporarse de su silla, a marcharse de mi lado. Ver alejarse para siempre de mi vida aquella espalda encorvada, enfundada en mi prado verde y negro, me hizo recobrar la voz:
-          ¡Sólo Dios sabe cuánto te amé! – casi le grité, aterrada ante mi impudor, creyéndome Juvenal Urbino antes de morir.
Se detuvo, se dio vuelta hacia mí y sonriendo apenas, como se sonríe a una fantasma, me susurró con el timbre exacto que utilizó cerca de mi oído en la pradera:
-          ¡Gracias!
Y yo supe que a partir de ese relámpago de amor sólo me restaba envolverme en el azul del cielo, que para mí sería ya para siempre color verde oscuro y negro, y morir feliz, sin anunciar mi muerte a nadie.   


1 de septiembre de 2012

Sábado

Era un sábado. Se levantó en pijama, olvidó ponerse los anteojos y se instaló frente a el televisor. Su hermana ya estaba en el living, mientras dibujaba en la mesa chiquita, miraba de reojo un canal de dibujos.
- ¡A desayunar! - gritó el padre.
Ninguna se movió de su lugar.
Ella, estaba a unos pasos del televisor, tanto, que tenía que mirar hacia arriba.
El televisor se apagó y el padre repitió: -A la mesa, a desayunar.
Se movió automáticamente hacia el baño a mojarse las manos y después secarlas.
Se sentó en su silla y tomó la leche de un sólo trago.Con bigotes blancos, le sonrió al padre, mientras su hermana le decía:- Avril, tenés bigote.
 - Sí, ya lo sé, Iara.
Se levantó, volvió al baño y se paró en su sillita blanca para poder reírse de sus bigotes un rato.
Volvió al living, levantó su taza y la llevó a la cocina.
Prendió la televisión. A veces conversaban con su hermana sobre el programa... pero mientras se iba acercando el mediodía, se peleaban más y más.
A almorzar vendrían visitas y seguramente, ambas estarían llorando.

25 de agosto de 2012

Circularidad

Casi hasta puedo escucharme tamborileando los dedos sobre el sillón escuchando M. Davis y leyendo, vos también lees, aunque te morís por pedirme que apague la música así podemos ver un DVD de edición especial que encontraste (con esas suertes tuyas y encima a muy bajo precio) de un recital que tenías que tener. Pero me ves ahí, tan en paz.
Simplemente te sentás al lado mío y sin que te des cuenta dejo el libro, pensando en todo esto, para acurrucarme mientras ponés el DVD.

Hasta con los bichos...

A.- ¿Esto es una cucaracha?
S. - Sí, de Colombia.
A. - Pero...
S. - Sí, ya sé que es un asco.
A. - No es eso... digo, además de eso... si no que se parece mucho a una que encontré andando por mi...
S. - Sí... bueno... pero acá dice que viene de Colombia, supongo que hay que justificar los 45 mangos que me cuesta la inclusión...
A. - Ah. Bueno, pero si querés te busco una y te hacés una inclusión vos.
S. -No, gracias... ya tengo una de Colombia.

9 de agosto de 2012

Día del niño


Hasta ahora no conocí persona que me dijera que no le llamaban la atención los dinosaurios ni siquiera un poquito. Si tenemos en cuenta el mercado, tenemos dinosaurios para tirar para arriba, unos que caminan y rugen, otros que se pueden meter en el agua, unos chiquitos para la colección propia (debo decir que tengo muchos de esos), dinosaurios en piezas para armar, modelos de huesos de dinosaurios, rompecabezas y puedo seguir. Debo admitir que esto fue lo que me llevó a elegir mi carrera, por supuesto que con el tiempo comenzaron a pasar a segundo plano, pero en el fondo siempre les tengo mucho amor (tanto como para tener unos modelitos coleccionables frente a mi cama) y esto no sólo me abrió los ojos sino que también lo hizo a los más chicos:

(Para los que les interese, acá hay un video con subtítulos)

5 de agosto de 2012

Chip Kidd, Designing Books...



Simplemente no lo conseguí con subs en español, pero se puede ver con subtítulos acá.

4 de agosto de 2012

Sunfish

Casi como salido de una leyenda, estaba ahí, tomando sol.
Yo me acerqué con el bote, muy lentamente.
Estaba tan cerca.
Había escuchado que si lograba encontrar el lugar exacto dónde le gusta ser rascado, se iba a quedar a nadar conmigo.
No podía dejar de mirarlo, hasta me pareció que tenía un perfil casi humano.
Me miró y lentamente empezó moverse, despacio, pero muy torpe.
Sentí que debía tocarlo y mientras movía su aleta dorsal, estiré mi mano. Pero se alejó todavía más y desapareció torpemente bajo las aguas transparentes.

30 de julio de 2012

Lourdes

Si la vieras trepar, Elena. Es tan frágil. Se trepa a la silla del escritorio con tanta gracia (o mejor dicho, se trepa a nuestra silla de nuestro escritorio). Está tan llena de gracia, con sus bucles indomables y sus vestidos. Está más fuerte, las enfermedades ya no la atosigan. Hace tres días por fin pudo subirse en la silla, encaramarse a la vitrina y estirando los deditos llega a tomar el frasco con caramelos. Los devora. Ella cree que yo no me entero, pero siempre logro ponerlo un poquito más lejos del borde, así piense que trepa una montaña. Yo se que me dirás: "¡Por Dios, Eduardo, se va a caer!". Pero no es así. Si la vieras. Tiene una paciencia y precaución infinitas. Hoy la vi corriendo por el pasto, tratando de treparse a los árboles, corriendo con la perra. Encontró un escarabajo de color verde brillante y me lo trajo, diciéndome que tenía que mostrártelo, tenía los cachetes colorados y las manos sudadas. Lo tenemos acá en un frasco de aceitunas grande, con pasto y tierrita. Siempre te dije que iba a tener tus ojos y tu nariz. Así es, por suerte. Pensar si hubiera salido parecida a mí...

16 de julio de 2012

Nunca más

Suena el teléfono.
Paro la grabación, me saco los auriculares.
 - ¿Hola?
- ¡SÍ! ¡¿CON QUIÉN HABLO?!
- Con Soledad.
- Ah, no perdón.

Salgo de bañarme.
Suena el teléfono, sin siquiera darme tiempo a vestirme.
- ¿Hola?
- Eh... ¿José?
- ... Eh... no... Soledad.
- Ah.

Haciendo un ejercicio de Química Inorgánica.
Suena el teléfono dos veces.
Me paro.
Llego al teléfono.
Cortan.
Me siento.
Agarro el lápiz.
Suena el teléfono.
Corro a atender.
Cortan.

Viendo una película.
Suena el teléfono.
Paro la película.
Me levanto.
Atiendo.
 - ¿Hola?
- ¡Hola amiga! desde el sábado que estoy intentando llamarte para que vayamos a la casa de Pablo.
- ¿Perdón?
- ¿Ana?
- No.
- Ah, perdón.

Llego de la calle.
Suena el teléfono.
Me apuro en subir las escaleras.
- ¿Hola?
- ¿Escribanía?
- No.
- Disculpe.

Suena el teléfono.
Dejo que suene.
Llaman de nuevo. No atiendo.
Vuelven a llamar.
Me levanto del sillón.
Atiendo.
- Hija, estoy tratando de ubicarte hace rato, ¿por qué no atendías?
- Ya no atiendo el teléfono, atendí por tu insistencia.
- ¿Y por qué no atendés? Bueno, no importa... te llamaba para decirte que...

Entonces, no es que el teléfono no sea un gran invento, si no que a nadie se le ocurrió que a estas alturas los números de teléfono se iban a diferenciar en sólo tres dígitos y que, por lo tanto, semejante cantidad de imbéciles se iban a equivocar al discar. Sepa disculpar las molestias ocasionadas, pero yo no atiendo más.